domingo, 15 de abril de 2012

Carta abierta a Edesur


Queridos amigos y amigas de Edesur:

Quería contarles que la otra noche se cortó la luz en casa. Así, de un momento a otro nos quedamos a oscuras. Sombras nada más. Para colmo, afuera llovía torrencialmente y los postigos de las ventanas se golpeaban frenéticamente por el viento. Cuando intenté cerrarlos me dí cuenta de que la Cuqui, la vecina de enfrente, también estaba a oscuras. Y lo mismo les pasaba a Miriam y Cristian –que todavía estaba volviendo del trabajo- y a Silvia, la maestra. En realidad, toda la cuadra, todo el barrio estaba a oscuras. Les pido por favor que tomen asiento antes de seguir leyendo: media ciudad estaba a oscuras y miles de personas no tenían ni luz, ni agua, ni teléfono, y a muchos se les voló el techo. A Isabel, la modista del barrio y a su marido “el negro”, subcomisario de la bonaerense, se les voló el techo de la ampliación. Una vez que pudimos encender algunas velas me puse a llamar a la chica de las emergencias, pero no me atendió. La verdad es que no me extrañó porque las otras veces cuando se cortó la luz y llamé tampoco me atendió. Seguramente estaba en el baño. ¡Tiene derecho! Después supe que ella como la mayor parte del personal participaba de un retiro espiritual. Es claro, porque esto pasó en vísperas de la Semana Santa y para los encargados de la Luz qué mejor que un recreo espiritual lejos del ruido de esta gran ciudad. Mejor otra gran ciudad.

A la mañana siguiente empecé a recorrer la zona para llevar una cuadrilla de Edesur a casa, pero no encontré ninguna. Tampoco ninguna moderna unidad de los contratados, ni siquiera en el Parque de la Ciudad, donde cada mañana suelen cargar las pilas entre mate y mate. Cómo lamenté no haberle pedido un número de celular al jefe de aquella cuadrilla que vino a cortarme la luz el día después del segundo vencimiento cuando andaba en la mala. Por suerte mi mujer pudo convencerlos de que había ido a pagar. Igual me sentí muy mal. No me gusta incumplir. Por eso entiendo cómo se habrán sentido desde el presidente hasta el último de los operarios, esa angustia de dejar en la penumbra a millones de personas. Y no poder decir nada, ni un comunicado, ni explicar qué había pasado, dónde estaban las prioridades, por dónde empezar, qué precauciones tomar. Qué trago amargo para los voceros de la compañía que jamás pudieron dar precisiones ni hacer conocer un plan de emergencia a través de los medios. Tranquilos, que a ningún otro se le ocurrió: ni al “Barba” Gutiérrez (nuestro alcalde) ni a ningún otro iluminado del in eternum listado de secretarías municipales. Y no por un día. En casa tuvimos suerte: fueron cuatro días y medio a pura vela, linterna y rolitos. Pero soy una persona optimista, lo reconozco: aprendí a levantarme y acostarme con el sol, redescubrí la luna y las estrellas, y con nuestras hijas recuperamos el diálogo. Como en esas películas apocalípticas en que todo colapsa, la notebook, la tablet, el televisor, el dvd, ¡¡los celulares!! y todo tipo de aparatejo eléctrico y electrónico quedó fuera de combate. Pero hablamos entre nosotros. Les conté de mis autores favoritos de la secundaria: Marco Denevi, Manuel Mujica Láinez, Alejandro Casona. Ellas me hablaron de Knowling, de Haroldo Conti, de Horacio Quiroga; fueron veladas enriquecedoras a la luz de las velas. La cultura estará eternamente agradecida a Edesur. 


Claro que no todos ven el vaso medio lleno, obvio. Nunca faltan los que se quejan de la negritud, de la inseguridad, prenden fuego en las esquinas, hacen piquetes. Noté como un estado pre anárquico, donde todo el mundo siente que puede hacer justicia por su cuenta. No les lleven el apunte. Si nada de esto hubiera pasado igual hubieran protestado. Ya lo explicó una poetiza exaltada: “Cuando no piden panes, pretenden casas”. Sé que ustedes no me registran, pero les aseguro que los tengo muy presentes. Para que se ubiquen les cuento dónde vivo. Estoy en Ezpeleta, un lugar un tanto perdido en el mundo, pese a que estamos a sólo 25 kilómetros del glorioso Congreso de la Nación. Mis amigos y familiares muy delicadamente me lo hacen saber cada tanto cuando discretamente me preguntan cuándo me voy a mudar. Vivo en la parte este de la ciudad, entre el río y las vías del tren. Como dijo María Elena Walsh en una antigua canción de cuna, aquí viven “hombres, mujeres, niños, es decir nadie”. Entre nosotros, si lo ven a nuestro intendente, el “Barba” Gutiérrez, coméntenle de esto porque de un tiempo a esta parte no lo hemos vuelto a ver. En octubre anduvo por acá pero no puedo recordar qué lo trajo por la zona. Lo mismo si encuentran algún concejal, diputado, senador, en fin, un alguien que tenga algunos minutos para acompañarnos. A Daniel díganle que nosotros también creemos en Dios. En Dios sí. Eso sí, ni una palabra a Cris de todo esto. Me imagino cómo debe haber estado la pobre en El Calafate, tan lejos su cuerpo de los problemas tan cerca su corazón de los pobres. Todo esto lo pido por la gente (es una frase que aprendí de los políticos y se las recomiendo); no por mí. En casa nos arreglamos con poquito. El día del corte, la heladera estaba medio vacía (medio llena no, no se confundan) como casi siempre, así que no perdimos nada. Y a la otra mañana –ya dándonos cuenta de que el retiro espiritual de Edesur se prolongaría por varios días- decidimos que compraríamos la comida día por día. Lo lamenté por los amigos comerciantes, con semejante corte de energía ni locos les íbamos a comprar. Seguro que se les pudrió todo. Nosotros fuimos a los chinos de Mitre porque ya sabemos cómo es esto: cuando vuelve la luz aumentan los precios, exageran las pérdidas, le hacen un juicio a la pobre Edesur y a los 15 días ya están repuestos y con la 4x4 cero kilómetro frente a sus negocitos. Atenti con estos piolas. No quiero ser cómplice de nada que huela a abuso. Hablando de oler, les paso un dato: en la carnicería de Cristian, mi carnicero, olí carne podrida. No dije nada. Pero mi olfato quedó saturado.


Es que así funciona el sistema: a veces se pierde aunque no sé si sabrán de qué se trata esto. Pero siempre hay una primera vez: miles de kilowats sin facturar, horas extras que pagar (en estos casos siempre conviene pedirle a los laburantes que pongan el hombro) y quién sabe cuántos postes y miles de metros de cable por reponer. No quiero ni pensar cuándo el Gobiern empiece a multarlos para distraer la atención de la opinión pública.  No quiero ser duro, pero es tarde para llantos y mocos. Hubieran elegidos los trenes y jamás una multa y sí muchos buenos negocios. Mi compu ya funciona. Les cuento cómo fue. Yo mismo me fui a Edesur el lunes temprano por la mañana, en los bajos de Primera Junta. Fue una reacción tardía. Reconozco que me dormí en las penumbras. Estaba llena de gendarmes y policías. Parece que ellos también estaban a oscuras. No se imaginan la alegría que sentí cuando el mismísimo portero de la planta se me acercó papelito en mano para tomarme el reclamo. Al advertir rápidamente mi serenidad el buen hombre llamó a Cristian Luna, el jefe de turno que tomó nota de mi pedido y por teléfono dos horas más tarde me confirmó que “en 40 minutos” iría una cuadrilla al barrio para ver de qué se trataba el problema. Y así fue. A la media mañana ella volvió, se hizo la luz para dos mil seres humanos. Sé de su honorabilidad y que por estos días la actividad eléctrica de sus corazones es probable que se haya intensificado. ¡Tranquilos! Nada de perder la calma. Todo esto pasará y pronto será sólo un mal recuerdo: ¡suspender el solaz espiritual para volver al yugo y trabajar días feriados, por favor! Por suerte para ustedes amigos de la luz, en la Argentina todo pasa muy rápido: la historia, la electricidad, la memoria. Con todo el aprecio que se merecen, un amigo y fiel cliente que nunca podrá dejarlos.

David Kohler

miércoles, 11 de abril de 2012

Buenos momentos con amigos

Omar, Juan Carlos, Enrique, Rubén, Julio, Ricardo, Rubén otra vez, un segundo Enrique, Gustavo, David, Gabriel, Lito el anfitrión, son los nombres de aquella noche donde charlamos lindo y hasta pudimos compartir algo muy nuestro. 

El asado fue bueno, pero los vínculos fueron lo más valiosos. 

Publicada originalmente el 11 de abril de 2012.