jueves, 2 de septiembre de 2010

Un drama que no fue tragedia


Cuando sonó el teléfono y mi esposa comenzó a contestar cosas como "sí, sí"; "¿usted está bien?" y "ahora va para allá", supe que algo malo había pasado y que esa noche no comería la ensalada apoteótica de lechuga, tomate, cebolla, zanahoría y pepino que me había preparado. La verdad es que ya había perdido las ganas de comer al escuchar las palabras y la seriedad con que eran pronunciadas.

Me subí al auto y llegué en unos 15 minutos a la casa de mis viejos. "Quito" y Nelly, amigos y vecinos de hace muchos años ya estaban allí. Quito estaba adentro de la casa intentando ordenar el caos más que nada emocional que había quedado después del asalto con golpiza al que habían sometido a los viejos. Nelly me tranquilizó con alguna cuota de realismo ni bien me bajé del auto: "Están bien, pero a tu papá le pegaron en la cabeza".

El charco de sangre que encontré en la puerta de casa me confirmó que me iba a encontrar con algo desagradable y que lamentablemente para mí y los seres que más quiero, la inseguridad había dejado de ser una noticia en la televisión o una estadística. Mi papá estaba sentado con un trapo en la cabeza, creo que era un repasador. Había manchas y charquitos de sangre por toda la cocina. Estaba conciente y parecía tranquilo.

Nelly había pasado un trapo por el piso, supe después, de manera que el espectáculo de sangre y silla rota quedó atemperado. Unos minutos después cayó mi hermano, después la ambulancia municipal, más tarde la privada y desde el principio los policías que me aseguraban que tenía que estar agradecido, que podía haber sido mucho peor. Algunos vecinos se acercaron a preguntar lo obvio, en fin, a mostrar un poco de interés por el prójimo.

Mi madre ventilaba su angustia hablando sin parar. Le duró varios días. Lentamente se fue normalizando, pero a casi dos años del hecho sigue preocupada si tiene que volver a su casa tarde. Tarde es a las ocho o nueve en invierno. Nos hablamos por teléfono, los acompañamos en otro auto. Pese a lo dramático del hecho no han quedado traumados, pero sí prudentes. Está bien, él tiene 81 y ella 76.

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